EN LA CALLE
Calamares, tortilla de patata… madre mía que bien huele, pero
tengo que seguir caminando, no puedo hacer esperar más a mis amigas. Voy tan rápido
como puedo, mientras que el frío aire entra por las mangas de mi abrigo
acariciando mi piel y poniéndome los pelos de punta. La piel se estremece y un
escalofrío recorre toda mi espalda, pero un escalofrío de esos que parecen
caricias como si unas suaves manos pasaran por encima tocándote con miedo, unas
manos que parecen de seda. Otro bar, con esos olores… se me hace la boca agua.
La suave textura de los calamares que parece que se van a deshacer, con ese
crujiente rebozado y el ácido sabor a limón... Clac, Clac, clac… de repente mi
cabeza decide concentrarse en ese sonido un tanto irritante que marca el ritmo
de mis pasos cuando el metal del herrete choca contra el suelo de cemento o con
mis zapatillas de plástico. Ya le podía haber dado por escuchar el sonido del
motor de ese Ferrari que acaba de pasar, causando tal estruendo que hasta movía
el aire, o el cuchicheo de esas dos señoras que se están contando sus chismes y
los de todo el vecindario. Pero no, ellas no cuchichean ¿para que?, ellas lo
gritan a los cuatro vientos que casi hacen más ruido que el Ferrari.
Escucho mi respiración que comienza a acelerarse, siento que los
pies apenas rozan el suelo y empiezo a tener esa sensación de vacío a mi alrededor,
como si me metiesen en una cápsula o en una burbuja. Parece que el corazón
quiere romper mis costillas, pom, pom, pom… comienza a bombear la sangre
demasiado deprisa y siento como ahora ese escalofrío se convierte en calor. Ya
ni si quiera el aire frío llega hasta mi piel, a mi alrededor se ha creado una
atmósfera invisible de la que emana calor. Noto como la cálida sangre llega hasta
mis mejillas y supongo que están comenzando a sonrojarse.