AQUEL DÍA, EN AQUEL LUGAR
Aún recuerdo aquel día en aquel lugar.
Era primavera y aún hacía frío. Caminaba detrás de él
esquivando las ramas, sólo se escuchaba como nuestros pies rompian contra la arena del suelo. Caminamos y caminamos hasta
llegar a es lugar. De repente, paró en seco. Extendió su brazo señalando todo lo que nos
rodeaba y me pregunto “¿te gusta?” En ese momento sólo fui capaz de afirmar con la
cabeza y sonreír como una boba...
Ante mi se extendía un gran lago del que no podía ver su fin,con un agua
cristalina en la que se podía ver el reflejo de las rocas y plantas que rodean
su orilla. Algunas de ellas ya teñidas de ese color amarillento que comienza a añarecer en verano, otras sin embargo permanecían con ese verde intenso en sus hojas resistiéndose a secarsese. Pero sobre todo, en el reflejo del agua dominaba ese marrón rojizo de las rocas que al
reflejarse en hacía que el azul del cielo fuese cubierto.
Me ofrece su mano. Juntos caminamos hasta una roca sobre la
que las pequeñas olas chocan sin apenas hacer ruido. Nos sentamos. Cierro los ojos y respiro tan fuerte como puedo para que mis pulmones se llenen de ese aire tan puro, tan limpio... Simplemente adoro este lugar.
Estamos los dos completamente solos,
perdidos en un lugar que nadie conoce y rodeados de eso que casi nunca podemos
tener, silencio...
Un silencio que te calma y te hace pensar de forma tranquila. Un silencio, que a veces es roto por el susurro de las olas, por el cantar de algún
que otro pájaro, por el silbido del viento que se va sin que
puedas verlo o simplemente se rompe por ese “te quiero” que pronuncian sus
labios con temor, al pesar que, al igual que el viento yo pueda desaparecer
cuando él abra los ojos y entonces, ese silencio sea roto al quebrar su corazón.
¡ESPERO QUE OS GUSTE!